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Los lácteos
José Ramón Lobo
Los lácteos son un tipo de alimentos muy habituales en los hogares
de occidente, no tenemos más que mirar nuestra cesta de la compra
para comprobar lo "necesarios" que los hemos hecho dentro de
nuestra alimentación.
Se denominan productos lácteos a la leche y sus derivados, como
los quesos, el yogourt, el requesón, la mantequilla, el kefir,
etc. Todos ellos son productos muy comunes en la vida dietética
doméstica de los hogares de occidente.
Los lácteos tienen desde la dietética oficial, muy buena
fama, aconsejándonos su consumo por su riqueza en proteínas,
grasas, vitaminas, fósforo y calcio, sin embargo numerosos estudios
científicos y experiencias señalan a los lácteos,
principalmente a la leche como uno de los factores implicados en muchos
problemas de salud actuales.
¿Qué es la leche de vaca?
Se dice que la leche es un alimento completo, ella sola es capaz de nutrir
y hacer crecer a un bebé. Si observamos su análisis de nutrientes
nos dice que contiene por cada litro:
- Calcio (1,25 gm), fósforo (1 gm), potasio (1,5 gm), sodio (0,5
gm);
- Vitaminas: A (150 UI), C (10 mg), Tiamina (0,3mg), Niacina (1 mg),
riboflavina (1,7 mg);
- Gran cantidad de proteínas, 34 gm, con un 82% de caseína
y un 18% de lactoalbumina.
- Grasas, 35 gm, gran parte de ellas son saturadas y colesterol.
- Carbohidratos, 49 gm, de lactosa.
Su fama principal se debe a que está asociada al crecimiento y
que es vital para nuestros huesos y dientes, pero la realidad es bien
distinta. Aparentemente la leche de vaca debería ser un "gran
alimento", pero en realidad es una sustancia nutritiva muy concentrada,
muy densa, que genera grandes dificultades al organismo para poderla digerir
y asimilar, porque "no nos nutrimos de lo que comemos, sino de lo
que digerimos y asimilamos".
Lo que llamamos leche en términos alimentarios es en realidad leche
de vaca, olvidándonos que papel cumple la leche en la naturaleza
de los mamíferos. Todos los mamíferos inician su primera
etapa de la vida alimentándose de leche, pero de leche materna
de su propia especie. Otra observación curiosa es que ningún
mamífero toma leche después del destete, excepto los humanos
actuales. Pero menos aún los mamíferos toman leche de otra
especie animal distinta a la suya.
Esta sencilla pauta de la naturaleza centra claramente el tema, más
cuando analizamos que lo que llamamos leche, es algo muy delicado que
está vivo y que apenas cuando sale de la mama, empieza a descomponerse,
porque está hecha para mamarse, más que para beberse en
un vaso. Muy diferente de la leche actual que procede del ordeñado
de numerosas vacas, mezclando muchas leches, produciendo un "caldo"
lleno de proteínas, grasas, hormonas, lactosa, virus, bacterias
y pesticidas, que debido a su sensibilidad, se esteriliza, haciéndola
"potable" para el consumo.
¿Cuál sería nuestra leche idónea?
Para el ser humano sólo existe una leche idónea que es
la leche materna, de su madre humana. ¿Por qué?, pues no
tenemos que estudiar por qué, por ser la leche de nuestra especie
mamífera, la naturaleza lo ha dispuesto así.
Antíguamente no se discutía esto, el amamantamiento se hacía
sin más, porque nuestro instinto nos lo indicaba. Ahora cuando
las madres paren en lugares tan inadecuados como los hospitales, para
sentirse más "seguras", en lugar de hacerlo en sus propios
hogares, casi confían más en el biberón para alimentar
a su bebé que en la propia "esencia de vida" que es su
leche materna procedente de sus propias mamas.
La leche materna humana es muy distinta a otras leches de otras especies
mamíferas, pero especialmente diferente de la de vaca. La leche
humana materna, es un tipo de leche muy suave, fácil de digerir,
con unas proteínas humanas, con las enzimas suficientes, con las
hormonas necesarias para nuestro crecimiento natural, con el tipo de grasa
idónea para nosotros, con los azúcares mejores para aportarnos
energía, y con la correcta composición mineral para nuestra
salud y nuestro desarrollo. El único problema es que hay que dar
de mamar durante 12 meses mínimo, y muchas madres creen que esto
es imposible.
La leche de vaca es de distinta naturaleza, contiene cuatro veces más
proteínas que la leche humana, con mucha mayor cantidad de caseína
y con una composición distinta en cuanto a azúcares, grasas,
hormonas, enzimas y sales minerales. Lo comprobamos cuando se cuaja la
leche de vaca, el 80% de su proteína, sobre todo caseína
queda en el cuajo y el 20% en el suero compuesto principalmente de lactoalbúmina.
La leche humana cuando se corta se produce el fenómeno contrario,
el 80% de su proteína queda en el suero (mucho menos densa), y
el 20% en el cuajo.
El género vacuno es muy distinto al género humano, una vaca
pesa por término medio 500 kilos, y un ser humano 70, es 7 veces
más grande, por lo tanto su leche sirve para alimentar a un ternero
en la época de lactación, estimulando su crecimiento mucho
más rápidamente que el proceso natural que necesita el ser
humano. En 1 año el ternero alcanza 150 kg o más. Por esta
razón la leche de vaca posee los ingredientes necesarios para el
crecimiento del ternero, unos determinados tipos de proteínas y
hormonas, una densa grasa, una determinada clase de azúcares, y
una especial composición mineral.
Esto podría explicar por qué la leche de vaca es tan difícil
de digerir, asimilar y metabolizar por el ser humano, y está produciendo
tantos problemas de salud. Claro que el ser humano se puede alimentar
de cualquier cosa, todo se puede comer y convertir finalmente en energía,
comamos lo que comamos, pero unos alimentos serán idóneos
y se digerirán bien y otros tendremos que gastar mucha energía
en aprovecharlos, y aún así nos producirán muchos
deshechos metabólicos, difíciles de eliminar, congestionando
nuestro organismo.
¿Nos alimenta la leche de vaca?
Existe la creencia de que la leche de vaca y sus derivados son importantes
en la alimentación humana, muchas personas experimentan grandes
dudas cuando su naturópata les sugiere dejar por completo los lácteos
debido a un problema de salud.
La sociedad, la comunidad científica y las instituciones creen
que la leche y los lácteos son imprescindibles para tener una nutrición
completa, que estos alimentos son imprescincibles para el crecimiento
de niños y jóvenes, para el cuidado de la mujer en su embarazo
y para que también transite correctamente en la menopausia. Sin
embargo esto es sólo una pura creencia, detrás de todo esto
no hay más que un alimento que nos presenta muchas dificultadas
para ser digerido, asimilado, que nos nutre en pequeña medida a
costa de un fuerte gasto energético y nos deja importantes residuos
metabólicos, convirtiéndose en un importante factor de toxemia
endógena.
Uno de los problemas principales de la digestión y asimilación
de la leche de vaca es su excesivo contenido en caseína, que neutraliza
el grado de acidez de los jugos gástricos, necesarios en el estómago,
favoreciendo después en la siguiente fase digestiva, infecciones
y putrefacciones intestinales.
En el estómago del lactante, la leche maternizada (de vaca) se
coagula en grumos, manteniéndose sus proteínas estables
más de 1 hora, cuando las proteínas de la leche materna
son estables sólo 15 minutos. Esto provoca que las proteínas
extrañas, no suficientemente desdobladas en la digestión
del estómago, pasen al intestino delgado casi intactas, sin digerir,
y allí produzcan problemas de sensibilización, inflamación
intestinal y mala absorción.
Es posible que la diferente composición y proporciones de los aminoácidos
en la leche de vaca, respecto a la leche materna también influya
en la dificultad de su digestión, asimilación y metabolismo.
La composición mineral de la leche de vaca también es muy
diferente a la materna. Contiene seis veces más fósforo
y cuatro veces más calcio, como consecuencia de esto se produce
un estímulo excesivo de las glándulas paratiroideas, y un
incremento de la excreción urinaria del exceso de fósforo.
En cuanto a la proporción de las grasas en la leche de vaca y en
la materna, es semejante, pero no así su composición. La
leche humana es rica en ácido linoléico, importante para
la maduración del sistema nervioso del bebé.
Pero en uno de los aspectos que existen mayores diferencias es en las
hormonas, principalmente las del crecimiento, que junto con el tipo de
proteínas hacen que el crecimiento sea más rápido
o más lento. Como ejemplo está que un bebé dobla
su peso en seis meses, llegando a los 7 kilos, mientras que un ternero
lo dobla en 47 días, llegando a los 100 kg.
¿Reacciona el organismo contra las proteínas
de la leche de vaca?
La leche de vaca, al ser ingerida, neutraliza la acidez gástrica,
impidiendo a las enzimas del estómago desdoblar las proteínas
de la leche para ser digeridas, pasando al intestino delgado parcialmente
digerida o fragmentada. Este problema es mayor en el adulto pues deja
progresivamente de fabricar renina gástrica, enzima importante
encargada de romper las grandes cadenas de la caseína.
Cuando los fragmentos grandes no digeridos de la leche de vaca, sobre
todo caseína, pasan al intestino, actúan como pegamento
depositándose en los folículos linfáticos del intestino,
entorpeciendo la absorción de nutrientes y generando fatiga crónica
e inflamación intestinal.
En cambio los fragmentos más pequeños (péptidos)
procedentes de la hidrólisis parcial de las caseínas, sí
pueden atravesar las paredes intestinales cuando la mucosa no está
equilibrada. En el epitelio intestinal los linfocitos B fabrican anticuerpos,
las inmunoglobulinas que se unen a los péptidos antígenos,
formando antígeno-anticuerpos, para evitar la absorción
de estas moléculas o fragmentos proteicos extraños. Pero
cuando este mecanismo falla, estas moléculas extrañas pasan
al hígado para ser desactivadas; pero si el hígado está
sobrecargado y no puede neutralizarlas, pasan al bazo donde actúan
los linfocitos T supresores. Si la actividad neutralizadora del hígado
y del bazo es insuficiente, entonces pueden quedar adheridos en las paredes
de los vasos sanguíneos y capilares además de acumularse
en los líquidos intersticiales, pudiendo sobrecargar por último
los riñones, que intentarían en último lugar eliminarlas
por la orina.
Se calculan unas 25 proteínas de comportamiento antígeno
presentes en la leche de vaca, de las cuales la caseína y la gammaglobulina
bovina, son las que más reacción inmunológica producen
en el organismo humano. El cuerpo se defiende de estas proteínas,
considerándolas extrañas y dañinas.
El organismo debe de tener la cantidad necesaria de elementos inmunes,
anticuerpos (IgA, IgG, IgM). Si las condiciones son normales el intestino
elimina el material morbígeno deficientemente descompuesto de la
digestión de las proteínas lácteas. Pero si por ejemplo
existe deficiencia de IgA, proteínas como la caseína láctea
y otras son absorbidas por el flujo sanguíneo, y contribuyen a
la génesis de un estado congestivo antes descrito, causante de
enfermedades como el asma, las alergias, ORL, artritis, diabetes, nefrosis,
que provoca pérdida de proteínas por la orina, infecciones,
incremento de la mucosidad y de la flema, acumulación de depósitos
y generación estructuras densas en el aparato reproductor femenino.
En cuanto a la diabetes, se ha observado una relación directa entre
el consumo de lácteos y sus proteínas con el incremento
de la diabetes sobretodo juvenil.
Según estudios hechos en el Hospital de Toronto por el Dr. Hans
y el Dr. Michael Dosh, los anticuerpos generados en el niños por
el consumo de lácteos reacciona con la molécula p69 de las
células pancreáticas de los islotes de Langerhans, explicando
el espectacular aumento de la diabetes en los años 60 en EEUU y
en Europa. Un estudio en Finlandia revela que los niños diabéticos
tienen ocho veces más anticuerpos frente a las proteínas
de la leche de vaca que los niños sanos. Otros estudios como el
publicado en el N. England J. Med. 327:302-307, en 1992, o el del Dr.
americano Scott, relacionan las proteínas lácteas con la
diabetes insulino-dependiente.
En relación con lo anteriormente expuesto, la deficiencia en IgA
es una de causas de muchos problemas inmunológicos. Esta deficiencia
aparece de forma natural en los niños recién nacidos, debido
a la falta de maduración de su sistema inmune, por esto la leche
humana materna proporciona las cantidades necesarias de IgA al bebé.
En cambio la leche de vaca carece de este elemento.
En resumen las proteínas lácteas tienen un alto contenido
en antígenos, que provocan en nuestro sistema inmunológico
una reacción defensiva, y que con el tiempo lo debilitan, haciéndonos
más vulnerables a las enfermedades.
La lactosa, un carbohidrato difícil de utilizar
La lactosa, que es un disacárido (galactosa+glucosa), es el azúcar
de la leche. El organismo para su digestión y absorción
tiene que desdoblarlo o hidrolizarlo para lo cual necesita de una enzima
llamada lactasa. El organismo con la edad va disminuyendo la producción
de lactasa, dependiendo de las razas. En la raza blanca, donde algunos
pueblos han consumido leche tradicionalmente, la lactasa tiene una lenta
disminución a partir de los 3 años. En cambio en razas como
la negra, sólo hay lactasa hasta los 3 años, después
desaparece.
Se dice que la razón por la que en determinadas razas blancas existe
lactasa después de los 3 años es porque hay una relación
directa entre la lactasa y la melanina responsable de la pigmentación
de la piel. Los hombres que viven en zonas frías y tienen poca
radiación solar, necesitan tener la piel más blanca para
absorber la luz del sol, y de esa manera producir más vita mina
D, necesaria para la absorción del calcio. La leche juega a favor
de este mecanismo del calcio, y el organismo mantiene esta enzima para
que sea posible su absorción y digestión.
Es posible, como se describe anteriormente, que la existencia de lactasa
por encima de los 3 años se deba a la circunstancia del consumo
de leche, pues no existe ningún alimento más que contenga
lactosa.
Entre los consumidores de leche nos encontramos con personas que dicen
digerir bien la leche, en realidad toleran la leche por mantener a estas
edades suficiente producción de lactasa.
También nos encontramos otros muchos consumidores de leche y lácteos,
que digieren mal la leche y otros lácteos, o que sufren de enfermedades
como alergias, intolerancias, asma, problemas de piel, trastornos digestivos,
etc., y que sus dolencias están directamente relacionadas con el
consumo de leche y lácteos.
En estas personas que tienen un nivel bajo de lactasa, su intestino no
puede hidrolizar la lactosa y ésta es fermentada por distintas
bacterias, generando un efecto hiperósmico en las paredes intestinales
causando meteorismo, inflamación e irritación intestinal,
flatulencias, diarreas o estreñimiento, que no es otra cosa que
la denominada intolerancia a la lactosa.
Esta fermentación anómala de la lactosa genera un efecto
acidificador del organismo, reflejado en un aumento del nitrógeno
en individuos con poca cantidad de lactasa. Además se ha comprobado
que la reactividad ante las proteínas lácteas, antes descrita,
aumenta con la intolerancia a la lactosa.
El yogourt y el kefir
Estos dos productos tienen mejor fama que la leche, una de las razones
es que tanto el yogourt como el kefir, también llamadas leches
ácidas, no generan ningún problema con la lactosa porque
ésta se ha transformado en ácido láctico durante
la fermentación.
En el caso del yogourt esta fermentación que se produce mediante
la coagulación y acidificación de la leche, ha sido llevada
a cabo por unas especiales bacterias o lactobacilus acidófilus
como el lactobacillus bulgáricus y el streptococcus thermophilus,
dos hongos microscópicos que han sido conocidos como el fermento
búlgaro o maya.
La ventaja de consumir yogourt consiste en que nos provee de fermentos
y bacterias bióticas, como las antes mencionadas y el lactobacillus
bifidus, que regeneran la flora bacteriana intestinal, que nos ayudan
a evitar putrefacciones intestinales. Además contiene importante
cantidad de ácido láctico, que tiene un papel probiótico,
incrementando el número de lactobacilus.
Pero el consumo masivo y excesivo del yogourt ha levantado algunas precauciones.
En Bulgaria la cuna del yogourt, donde su consumo ha sido tradicional
desde siglos, lo toman con precaución y en pequeñas cantidades,
de esta manera ha sido beneficioso. En cambio el consumo de yogourt y
sucedáneos en occidente se hace en grandes cantidades lo que ha
probado que es un alimento denso y fuerte y si se toma desmesuradamente
puede perjudicar la salud en vez de beneficiarla.
La razón de esto es que los yogures industriales para que tengan
una textura más cremosa y sólida, se elaboran con leches
concentradas y aditivos grasientos, además de azúcares y
colorantes si son de "sabores", así consiguen también
que aumente su cantidad en proteínas, grasas y minerales. Como
resultado de esto tenemos un yogourt que nos produce exceso de saciedad,
difícil digestión, por su densidad y concentración.
Los yogures recomendables son los de textura menos densa y semilíquida,
que suelen ser similares a los que podemos preparar en nuestra casa con
leche fresca o pasteurizada.
El resultado por lo tanto es el de un producto de difícil digestión
y poco recomendable, en primer lugar porque las proteínas lácteas
(más concetradas) del yogourt industrial son similares a las de
la leche, aunque han sufrido una ligera transformación positiva.
En segundo lugar porque el ácido láctico del yogourt se
encuentra en un 50% en forma de levogiro (gira hacia la derecha), y el
otro 50% en dextrogiro (gira hacia la izquierda). Si tenemos en cuenta
que el ácido láctico levogiro no encaja en nuestro sistema
enzimático y no es asimilable, el organismo lo va a tener que eliminar
(principalmente por vía renal). Estas conclusiones están
relacionadas con investigaciones, como la de la Universidad alemana de
Giessen, hechas sobre las moléculas de ácido láctico
del yogourt. Ello explicaría el incremento de casos de insuficiencia
renal en niños que consumían 4 yogures al día, por
la buena fama que tenían.
Es importante decir que cuando el yogur es artesano o casero, la proporción
de lactobacillus bifidus es mayor, y por tanto mayor la cantidad de ácido
láctico dextrogiro. También la industria moderna del yogourt
obtiene algunos yogures con bífidus más activos, en el que
todo el ácido láctido es dextrogiro, aunque al no consumirse
a las 24 horas, su cantidad después desciende con rapidez.
El kefir se elabora con leche de vaca, cabra u oveja y procede el Cáucaso,
se fermenta con bolas de kefir, de importante tamaño, como una
avellana o un garbanzo y produce una leche fermentada que es menos densa
que el yogourt. Sus fermentos son interesantes, proceden de los géneros
streptococcus y lactobacillus (su acidez no neutraliza la acidez del estómago),
consiguiendo coagular la caseína, y junto con unas levaduras, transforman
la lactosa en ácido láctico y alcohol. Sus proteínas
lácticas no generan tantos antígenos como la leche. Pero
si se consume diariamente también hay que tomarlo en pequeñas
cantidades.
El kefir además contiene sustancias propias, que le dan su sabor
característico y refrescante, como un 5% de gas carbónico,
0,6 a 0,9 de ácido láctico y de un 1 al 2% de alcohol etílico.
El problema del calcio
La falta de calcio para el organismo es el miedo más importante
que presentan muchas personas para dejar de consumir leche. Sin embargo
según estudios estadísticos podemos observar como los lugares
donde mayor es el consumo de leche de vaca y lácteos, es también
donde hay más nivel de osteoporosis, y de otros trastornos derivados
de la desmineralización como caries dentales, pérdida y
fragilidad del cabello, etc.
En cambio en otros lugares del mundo, por ejemplo en oriente, donde nunca
se han consumido ni leche ni lácteos de ningún tipo, no
se conoce la osteoporosis y trastornos similares de desmineralización.
Según investigaciones existe una relación posible entre
el consumo de soja y otras legumbres y la inexistencia de osteoporosis
y otros trastornos como los derivados de la menopausia. La razón
podría ser su riqueza en fitohormonas.
El doctor americano Willian Ellis, después de realizar 25.000 análisis
de sangre, comprobó que los niveles más bajos de calcio
se encontraban en personas que consumían 3, 4 y 5 vasos de leche
al día.
En China y Taiwan, un extenso estudio demuestra que cuando los chinos
introducen leche en sus dietas, se produce un aumento de la osteoporosis,
constatando que el consumo de leche de vaca es desmineralizante en el
organismo. Esto lo podemos observar en occidente donde el consumo de lácteos
es masivo, donde encontramos principalmente esta enfermedad "occidental".
Otro estudio en las Universidades de Taipeh y Los Ángeles, realizado
por Hsiu y Funk demuestra que la osteoporosis se incrementa de forma extraordinaria
en personas que nunca han tomado leche de vaca y comienzan a tomarla.
Esta pérdida de calcio se cree que es debida a la acidez producida
por el exceso de proteínas lácteas.
Además debemos de tener en cuenta que un exceso de calcio para
excretar, puede acumularse en los riñones (litiasis) y en las arterias.
De todos modos cualquier estudioso de la ciencia de la nutrición
puede observar como el problema no es calcificar los huesos sino mineralizar
el organismo con un conjunto de minerales sinérgicos del calcio,
presentes en numerosos alimentos como las hortalizas, algas (principales
fuentes de minerales), además de cereales integrales, legumbres
y frutos secos.
También existen estudios donde se relaciona el consumo de lácteos
y el incremento del cáncer.
¿Cómo son las grasas lácteas?
Una de las razones que convierten a la leche en un alimento muy denso
es precisamente su grasa. La leche de vaca contiene mucha grasa, 35 gm
por cada litro, si tenemos en cuenta que de 1 litro de leche la mayor
parte es agua, 35 gm de grasa representa una gran cantidad.
La mayor parte de las grasas de la leche son saturadas, de las cuales
su contenido en colesterol es muy elevado. Para hacernos una idea, una
sóla taza de leche contiene 34 mg de colesterol, mientras una loncha
de beicon sólo contiene 3 mg. Si tomamos 1 litro de leche bebida,
ingerimos el equivalente en colesterol de 53 lonchas de beicon.
Los ácidos grasos de la leche son bastante perjudiciales generadores
de ateromas. En general, tienen 12, 14 y 16 átomos de carbono,
lo que les convierte en más aterogénicos que los de las
carnes de vacuno, en los que predomina el ácido esteárico
de 18 átomos de carbono.
En las grasas de la leche y los lácteos hay mucho ácido
araquidónico, que como se sabe es precursor de las Prostaglandinas
PG2, que estimulan los procesos inflamatorios.
En resumen que los jóvenes y niños occidentales que consumen
gran cantidad de lácteos tienen sus arterias en unas condiciones
bastante mediocres, con índices de colesterol y triglicéridos
desmedidos, equivalentes a los niveles de personas mayores.
Esta situación genera preocupación y las Administraciones
de los Gobiernos de occidente recomiendan productos lácteos desnatados,
que sólo reducen un poco la gravedad de la situación, pues
la leche desnatada que normalmente se indica con un 2% de grasa, contiene
mucha grasa láctea, pues hablamos de 1 litro de leche en el que
la mayor parte es agua. Para hacernos una idea, en un vaso de leche descremada
hay más grasa que en 3 lonchas de beicon.
¿Cómo criamos a nuestros hijos?
Pero el problema añadido es que el consumo de leche de vaca y
de lácteos se extiende mucho más de 12-18 meses de lactación.
Los lácteos y la leche de vaca se han convertido en alimentos cotidianos
en nuestra alimentación, hasta tal punto que los consumimos varias
veces al día, además de estar presentes en multitud de otros
alimentos, en los que se utiliza como ingrediente la leche o el queso.
Esto convierte a la leche en uno de los alimentos de los que más
valor da la gente por su alto nivel de consumo y frecuencia. Es posible
incluso que cree adicción, pues muchas personas que han tenido
que dejar los lácteos han manifestado sus dificultades. Es posible
que la leche y los lácteos simbolicen la forma de cubrir insatisfacciones
derivadas de carencias afectivas de tipo materno, sobre todo si no ha
existido lactancia materna, o ésta ha sido insuficiente.
¿Qué son las leches maternizadas?
La llamada leche maternizada no es otra cosa que leche de vaca en polvo,
a la cual se han añadido otros ingredientes para reforzarla en
su nivel nutritivo, como vitaminas, minerales, oligoelementos, azúcares,
etc. También la industria ha logrado la obtención de leches
en polvo, que gracias a tratamientos térmicos y mecánicos,
como la pasteurización, concentración al vacío, homogeneización
y acidificación, hacen que resulte más apta para su digestión
y puede ser intervenida mas fácilmente por los jugos digestivos
del bebé.
A continuación su forma de prepararla o diluirla es diferente a
la convencional, las llamadas leches maternizadas, tienen que prepararse
más diluidas, para hacerse más aceptables por el tubo digestivo
del bebé.
Manipulación industrial de la leche
La leche es un alimento muy delicado. En la leche cruda, sin pasteurizar,
los microorganismos se reproducen a velocidad de vértigo, pues
se inicia un proceso de descomposición rápido. Incluso en
la leche pasteurizada la descomposición existe pero más
atenuada, por eso sólo es consumible durante pocos días,
después se estropea.
Para la industria láctea conseguir estabilizar la leche es imprescindible
y para ello utilizan dos procesos de manipulación: el U.H.T. o
esterilización y la pasteurización, además de la
homogeneización.
El U.H.T., o sistema de esterilización, es el más corriente,
pues permite estabilizar la leche durante meses, sin sufrir deterioro,
mientras está cerrada al vacío. Este método consiste
en esterilizar la leche a alta temperatura, calentándola durante
3 segundos a 150º, con un enfriamiento ulterior de 83º y posterior
envasado.
La pasteurización, método creado por Pasteur, consiste en
cocer la leche. En este sistema se calienta la leche entre 74 y 80º,
durante 15 segundos, enfriándose después a 4º. De esta
forma se destruyen gran parte de los gérmenes indeseables, y se
retarda su proceso de descomposición, por la destrucción
parcial de los fermentos.
Tanto con el U.H.T. como con la pasteurización, se destruyen muchas
vitaminas y enzimas que existen en la leche viva, y que son necesarias
para la digestión de sus componentes como las proteínas.
Otro procesamiento que sufre la leche es el de la homogeneización.
Este proceso es especialmente dañino, pues se reduce el tamaño
de los glóbulos de grasa al menos diez veces, generando que el
intestino los absorba sin predigerirlos, causando después acumulaciones
peligrosas, que pueden incrementar riesgos de infartos o arteriosclerosis.
Pero eso sí, al final se consigue una textura de la leche mucho
menos grumosa y más agradable.
Fuente: Revista Natural
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